30 abr 2015

¿Qué voy a estudiar? ¿Qué quiero estudiar?

Como he dicho en algunas ocasiones, yo tengo diecisiete años. En este año supero la mayoría de edad y me toca elegir universidad y carrera universitaria, o como se dice ahora, grado. 
Pues bien, para decir lo que quiero hacer, voy a empezar por el momento en el que con seis años quería ser profesora. 

Profesora de niños, ¡qué locura! Pero, ¿sabéis por qué? Sencillo, a mí me gustaba mandar y los profesores tienen demasiada autoridad para hacer eso y para castigar a los niños. Sí, yo sólo quería ser profesora para castigar, algo demasiado bonito y educativo, ¡sí señor!

Pero eso se quedó ahí, porque a mí me encantaba el pelo. ¿Qué niña no ha querido ser peluquera? Yo no soy la excepción, mi sueño era lavar y peinar cabellos. Teñirle el pelo a la gente y dejar algún que otro trasquilón. Pero mi sueño se fue al garete cuando mi madre, que llevaba demasiados años siendo peluquera, me dijo que no me dejaría dedicarme a eso porque me dolería muchísimo la espalda. Ella dejó de serlo cuando yo cumplí los dos años, o por ahí. Y esa es una de las pocas veces en las que he seguido el consejo de mi madre al pie de la letra casi tatuándomelo con tinta invisible en la piel. Yo no puedo ser peluquera. Y ya lo he dicho tantas veces que se me han quitado las ganas.

¿Qué vino después? La verdad es que no me acuerdo de si hay algo entre medio, pero ser psicóloga me parecía la mejor profesión del mundo cuando tenía doce años, y así hasta los quince. Venga hombre, ¿que la gente te cuente sus problemas y tú resolverlos? El mejor trabajo, y si eres bueno, te pagan bien. El problema llegó cuando me di cuenta de que para escuchar, vale, pero para solucionar los problemas soy bastante pésima. Bueno, eso y que tener que estudiar durante seis años para conseguirlo no me atraía demasiado. Ah, y que me di cuenta de que ser psicóloga no consistía solo en eso. 

Y llegamos a los quince, deseché la psicología de mi cabeza cuando, en una charla del instituto nos hablaron de empresariales. ADE (Administración y dirección de empresas), esa carrera que tenía muchísimas salidas. Dirigir una empresa, oh venga, llegaría a dominar el mundo (o no). Me convencí a mí misma de que me gustaba. Me encantaba ver las noticias y amaba las de economía (lo sigo haciendo). Con la crisis era lo más visto y me llegaba a fascinar. ¿Economía no sería tan difícil si me gustaba, no?   
JA, JA, JA.
Así me río yo ahora cuando, en segundo de bachiller, con la economía de primero aprobada por los pelos con un 6, decidí que si quería estudiar ADE tendría que ponerme las pilas con esta asignatura que no era para nada lo que yo esperaba. Al terminar primero pensé "al año que viene me lo tomaré más en serio, seguro que es más divertido y me cuesta menos". Y con toda esa ilusión empecé mi último año de instituto. 
Ilusión que se fue por la alcantarilla cuando mi actual profesora se presentó en clase. Una mujer cuadriculada que quiere todo al pie de la letra. Y, aunque yo vaya a letras, soy incapaz de aprenderme algo así. Y bueno, aquí estoy, aprobando economía otra vez por los pelos y gracias a la práctica que la hago perfecta. Porque tal vez, y sólo tal vez, yo tendría que estar en ciencias rodeada de mis apreciados números y fórmulas.

Porque sí, finalmente me he dado cuenta de que no me puedo conformar con tener cuarenta años y decirle a mis hijos que puedo ayudarles en matemáticas porque yo cuando era joven era muy buena en la materia. 

No. Yo no quiero eso, yo quiero ayudarles porque tengo un título que lo demuestra. Quiero dedicar mi vida a una de las cosas que más me gustan de ella. Y sí, aunque para algunos sea un suicidio voluntario y para otros una locura, voy a estudiar matemáticas
No quiero arruinar mi vida con algo que no me gusta por el simple hecho de que tenía más salidas laborales o porque "matemáticas es la carrera de los inventores". Y esto es lo que piensa mi profesor de mates, un ingeniero de telecomunicaciones que me ha dicho rotundamente que ni se me ocurra estudiar esa carrera sin futuro. 

¿La putada de todo esto? 
Pues que yo me doy cuenta de que quiero estudiar matemáticas cuando me encuentro en un segundo de bachiller de ciencias sociales y que no doy física desde hace dos años. Y sí, se necesita. Aunque para mi suerte sólo durante el primer año del grado. Pero una asignatura es una asignatura, y espero que no me toque mucho las narices porque no quiero estar a mitad y rendirme. No quiero decir que me he equivocado en mi decisión de estudiar lo que me pensaba que me gustaba. 

Y volviendo al tema de las salidas profesionales; esto también se podría considerar un problema, pero sólo por el hecho de que sólo tengo claro que quiero estudiar matemáticas pero que no tengo ni idea de en lo que quiero trabajar. Me he replanteado eso de la enseñanza, podría servir si no fuera porque mis niveles de paciencia son negativos. Pero me reconforta de una manera extraordinaria cuando ayudo a los demás a entender los problemas y luego me dicen cosas como "he aprobado el examen gracias a ti", me siento tremendamente feliz de saber que soy capaz de hacer que los demás entiendan las cosas y poder hacer problemas con los ojos cerrados sin necesidad de escribir nada. 
La felicidad me inunda cuando saco un diez en un examen de matemáticas y cuando estoy dispuesta a presentarme a subir nota cuando tengo un jodido nueve. O simplemente cuando me voy a presentar a un examen de PAU de matemáticas que no me pondera en absoluto. Mucha gente me ha dicho que es absurdo. La verdad es que hacer un examen que muchas personas estarían dispuestas a metérselo por la boca (por no decir otra cosa) al corrector de la PAU, y que yo lo haga por diversión, no es muy inteligente que digamos. Pero yo qué sé, soy rarita y me gusta hacer exámenes de matemáticas. 

Así que bueno, al año que viene espero estar buceando entre números y letras. 

Muchos besis para todos.                                                     - Alicia -



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