8 jun 2015

Diecisiete horas y nada de ganas.

A diecisiete horas de tener mi primer examen de la prueba de acceso a la universidad, se me ha ocurrido la brillante idea de bloggear, porque vamos, llevaba mucho tiempo sin hacerlo y seguro que era más productivo que estudiar un p*to examen de filosofía que me va a salir muy mal. Mi cabeza funciona a la perfección, como podéis observar y se ve claramente que sé priorizar las cosas importantes sobre las que no van a tener ninguna relevancia en mi futuro académico. Pero, venga hombre, yo voy a estudiar matemáticas, necesito un mísero cinco para poder entrar. Y sí, sé que ese pensamiento a mucha gente no le gusta porque ver a alguien que se conforma con tan poco da ganas de patearle el trasero. Pero, ¿sabéis qué? He estado tan saturada los últimos cuatro años de mi vida con los estudios, sabiendo que se me dan horriblemente mal, y aun así he sacado notas que estando en tercero de la ESO me habría reído y habría dicho que eso era imposible para mí.
He estado tan estresada, he tenido tantas arcadas y he vomitado tantas veces por los malditos exámenes, que ya no puedo más. Ya no puedo estar delante de unos apuntes por más de una hora. Tengo una fuerza de voluntad que está en niveles negativos y es muy frustrante que no pueda hacer algo que realmente necesito y que sé que en un futuro me agradeceré por haberlo hecho. Porque todos sabemos que salir de un examen y poder decir que te ha salido de puta madre porque lo llevabas bien preparado, es una de las mejores sensaciones cuando estás en edad de estudiar. En general, ver que tu esfuerzo se ve recompensado es demasiado bueno. Y yo soy incapaz de ponerme a estudiar en serio porque la mancha que hay en la pared me parece cien veces más interesante. O bueno, esto es un claro ejemplo. Me parece más productivo estar escribiendo esto que estar estudiando las locas teorías sobre el mundo material y el sensible. Y el problema es que cuando llegue mañana al examen de filosofía y no sepa qué responder a lo que me preguntan, me pegaré patadas mentalmente.
Solo espero que al año que viene, estando en la universidad, de verdad me interesen las clases y que no me parezcan algo sin fundamento que no me va a servir para nada en la vida. Y sé que es un pensamiento estúpido porque aprender debería ser algo que nos guste a todos. Pero sinceramente y aun exponiéndome a las críticas de a quien le guste, yo no entiendo la filosofía y sobre todo, no entiendo cómo pueden poner algo así como obligatorio. Sin embargo, estoy segura de que es el profesor el que más influye a la hora de que te guste una asignatura o que te deje de gustar. Y por consiguiente, que te acuerdes al día siguiente de las cosas o no. Porque hay profesores que se tendrían que dedicar a cortar árboles en Rusia y no a dirigirse a adolescentes sin una pizca de gracia en la voz y con más ganas de irse a casa que de que nos enteremos de algo.

Toda esta parrafada venía a que se me ha ocurrido escribir un cincuenta cosas que odio, aunque bueno, esto me ha quedado tan sumamente largo, que lo voy a poner en otra entrada, porque al fin y al cabo son gratis y no quiero mezclar. 

Muchos besis para todos. 
-Alicia-

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